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Buscando a Kissinger desesperadamente
Hay frases célebres que nos acompañan a lo largo de nuestra vida, guiando nuestras actuaciones
o definiendo nuestros estados de ánimo. Quien no ha sentenciado, con semblante serio alea jacta est o quien,
inflamado de ardores patrios no ha gritado "a mi que los arrollo." Europa no se libra de tales influencias:
desde hace más de dos décadas me siento en el patronato de una fundación francesa cuya divisa
es una frase de Jean Monnet: "si comenzara de nuevo, lo haría por la cultura." Y quien no recuerda
la conocida respuesta de Henry Kissinger a un estudiante en Munich en 1972 cuando éste le preguntó
por Europa. "Ni idea. ¿Cual es su número de teléfono?" exclamó el secretario
de estado norteamericano. Desde aquella ya lejana fecha los europeos nos hemos afanado por dar un número
de teléfono a nuestra Unión o, lo que es lo mismo, por sobrepasar aquella vieja definición
de los setenta que caracterizaba a las Comunidades como "un gigante económico pero un enano político"
y convertirla en un actor de primer orden en la escena mundial.
La tarea no fue fácil. Hasta la entrada en vigor del Tratado de Maastricht, los ministros de asuntos
exteriores carecían de base legal para tomar acuerdos en materia de política exterior, seguridad
o defensa. Por esta razón hablaban únicamente de cooperación política y escenificaban
la inexistencia de una competencia específica reuniéndose en una sala distinta a aquella que habían
ocupado para resolver cuestiones comunitarias. La caída del muro de Berlín y la desaparición
del mundo bipolar obligaron a los dirigentes de la época a encarar la situación. De ahí la
aparición de un denominado Alto representante para la Política exterior y de Seguridad común
en el Tratado de Ámsterdam, cargo que ha ocupado en todos estos años nuestro compatriota Javier Solana
quien merece un sincero homenaje en este momento de su despedida. Pero los mismos gobiernos que crearon el cargo
le aplicaron todos los corsés imaginables. Por utilizar un símil militar, el Alto representante era
un coronel con veintisiete generales, sin tropa ni impedimenta. Tanto es así que en algún momento
su presupuesto anual equivalía al montante que la Comisión europea se gastaba... en la limpieza de
sus edificios.
El Tratado de Lisboa que entró ayer en vigor acaba con esta anómala situación, refundiendo
las figuras del Alto representante y del Comisario de relaciones exteriores en una sola que la Convención
constitucional denominaba el ministro "doble sombrero". Ese ministro "doble sombrero" se desvinculaba
de su servidumbre como Secretario general del Consejo europeo, era aupado a la presidencia del Consejo de relaciones
exteriores, o, lo que es lo mismo, presidía a los ministros de asuntos exteriores de los estados, se encumbraba
en la Comisión como Vice-Presidente y, con el tiempo, dirigirá un servicio exterior compuesto por
seis mil funcionarios y 50000 millones de euros. La primera ministra "doble sombrero" será la
baronesa Ashton, hasta la fecha comisaria encargada de comercio internacional. Paradojas de la vida, no ostentará
de ministra porque el gobierno del partido al que pertenece exigió que se volviera a la denominación
de Alto representante para rebajarlo de categoría. Pero no es esta la única paradoja de la historia.
La frase de Monnet y la cultura es apócrifa. Se la atribuyó Mitterand al ingeniero de la construcción
europea pero éste no la pronunció en su vida y me atrevo a afirmar que incluso jamás se le
pasó por la imaginación. Hace unos días José Manuel Durao Barroso nos contaba que el
propio Henry Kissinger le había negado la autoría de la frase que se le achacaba. Feliz lapsus de
memoria, ahora que por fin hay una voz cálida al otro lado de la línea...
Iñigo Méndez de Vigo
Diputado europeo
EL ECONOMISTA, 2 de diciembre de 2009
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